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  • Por: Antonio Navalon

    Si uno analiza la historia reciente, se dará cuenta de que las peores tragedias adquieren una mayor dimensión cuando hay un punto en el que los gobernantes no entienden que ya no gozan de la credibilidad, ni del amor de sus pueblos.

    Nunca he olvidado que a la Revolución Rusa de 1917 le antecedió la de 1905, y en ese año todos los pobres fueron a la plaza principal delante del Palacio de Invierno en San Petersburgo para pedir que el zar Nicolás II los escuchara porque tenían hambre.

    Sin embargo, él no los escuchó porque el sonido de los disparos provenientes del ejército que envió, el olor a pólvora y la sangre derramada sobre la nieve, se lo impidió.

    Doce años más tarde estallaba la revolución y el régimen zarista llegaba a su fin. Y un año después el zar y su familia eran sentenciados por los bolcheviques a la pena de muerte.

    Ahora sin tanto dramatismo hay que saber cuál es el momento de tomarse fotos haciendo caridad o mostrando la parte más benévola del poder en contacto con su pueblo sufriente, y en qué instante ese pueblo simplemente no quiere verse insultado, porque lo único que pide es seriedad y rendición de cuentas.

    En este momento en México se han multiplicado los rechazos hacia la intervención del sistema oficial.

    Y es que, ahora este país no necesita fotografías de sus dirigentes haciendo caridad. Necesita planes de choque que devuelvan cobija, alimentos, condiciones sanitarias y un lugar donde vivir para los miles de ciudadanos que se quedaron en condiciones de precariedad por pérdida total o parcial de sus propiedades.

    Necesitamos administrar la emergencia y para ello no basta con gestos grandilocuentes y renuncias del presupuesto público o del dinero de los partidos políticos.

    Porque además necesitamos una estrategia para atender a todos aquellos que esperan en la banqueta para poder entrar a su casa o los que observan cómo se va derrumbando su hogar mientras les llueve y mientras reciben comida como producto de la solidaridad ciudadana, aunque todo eso no les devuelve las mismas condiciones de vida.

    La naturaleza nos golpea con fuerza y frente a eso sólo podemos anteponer nuestra determinación y seriedad. Y ésta última nos lleva a considerar la verdadera dimensión de la catástrofe y sobre todo a tener mucho cuidado, porque ahora la atención concentrada en la Ciudad de México no puede ser el pretexto para abandonar las necesidades en otros estados menos vistosos y menos transmitidos por los medios de comunicación.

    En ese sentido, si alguna vez se ha justificado una secretaría para grandes catástrofes, en definitiva este es el momento de articularla.

    @antonio_navalon

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