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  • Democracia en las calles

  • Hay que agradecerle a esta sucia y torpe campaña que la gente saliera a votar

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  • Por Antonio Navalón

     

    He vivido desde 1976 todas las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América.

    Pude ver lo que sucedía cuando Gerald Ford asumía la presidencia tras el fin de aquella pesadilla nacional que protagonizó Richard Nixon llamada Watergate, situación que marcó la única ocasión en la que un presidente estadounidense tuvo que dimitir para no salir de la Casa Blanca y terminar en la cárcel.

    He vivido la desesperanza de los años en los que la economía comenzó a cambiar y el imperio del norte tomó grandes decisiones, en las que definió que sus negocios ya no serían las grandes industrias, ni las obras de infraestructura, porque ahora sería el control financiero y  tecnológico del mundo.

    Estaba en ese país el día que un asesor de la campaña de Bill Clinton le recordó a George Herbert Walker Bush que “¡es la economía, estúpido!”. Y también estaba en ese país cuando Ross Perot con su Partido Reformista le facilitó la victoria a Bill Clinton y a Al Gore en la histórica elección de 1992.

    Viví el enfrentamiento voto a voto en el que se elegiría al sucesor de Clinton, una disputa que se libraba entre George W. Bush y Al Gore en 2000, elección que resultó tan cerrada que terminó por definirse con un recuento de sufragios en Florida y con la decisión de la Suprema Corte.

    El día de ayer las calles de Nueva York, una ciudad tan liberal y tan escéptica se llenaba de largas filas de personas que acudían a las urnas para ejercer su derecho al voto.

    En ese sentido, hay que agradecerle a esta sucia y torpe campaña, que haya servido por lo menos para sacar dos cosas a la calle.

    La primera, motivar a la gente para que saliera a votar. Y la segunda, demostrar lo podrido y enfermo que está el sistema para que gente inteligente dude y termine por apostarle a lo malo desconocido.

    Ahora si Hillary Clinton no consolida su triunfo por una diferencia considerable, va a provocar que la batalla Gore-Bush palidezca.

    Porque en esta ocasión hay una gran diferencia, donde Trump y los suyos darán una batalla para cambiar el resultado electoral si les es posible, o para dar inicio a la cuenta regresiva para la modificación constitucional más grande en materia electoral de la historia de EU.

    El voto popular y el colegio electoral se van conformando como dos realidades que no se cruzan, y pese a que así está establecido en su Constitución, ahora en esta  época de cambio y de turbulencias ya se está perfilando como la siguiente gran víctima de esta campaña electoral. Ya que al final del día posiciona a un presidente, pero significa la recomposición o la eliminación del sistema por el cual se elige.

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