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  • Por: Antonio Navalon

    Hace muchos años que México no jugaba un papel tan importante y protagónico en una crisis –que ahora incluye el fenómeno de Cuba y Fidel Castro– desencadenada entre los países de América.

    Esta semana en la 47º Asamblea General de la OEA realizada en Cancún se discutirá –y espero se tomen medidas efectivas– el tema sobre el desangre por el que está atravesando Venezuela en este momento.

    Hubo un tiempo en el que el petróleo, Hugo Chávez y otro mundo del que nos hemos alejado a pasos agigantados, hicieron que los países del ALBA –Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América– fueran una alternativa real frente a la manera en la que Barack Obama entendía la política y frente a los ajustes entre Estados Unidos y su retirada gradual hacia sus propias fronteras y su cambio de relación con el mundo.

    Muchas veces he pensado que sin el 9/11 nunca hubiese cuajado la revolución de Chávez, ni se hubiera mantenido en el poder, entre otras cosas porque la intervención estadounidense lo hubiera impedido.

    Pero eso no fue así y ahora los países del ALBA y la situación interna de crisis moral, política y económica de América han generado que todos los Estados y los círculos que podían haber intervenido para mediar la crisis interna venezolana, se fueran quemando uno tras otro sin obtener ningún resultado positivo.

    Creo que es imposible entender la crisis de Venezuela sin la crisis moral y de destrucción sistémica de toda la sociedad que protagonizaron los partidos políticos venezolanos antes de la llegada de Chávez. Y es que, sin esa crisis, sin esa pérdida de la autoridad moral, el fenómeno de Chávez nunca se hubiera desarrollado con tanta profundidad.

    Sin embargo así fue y llegamos a este momento en el que EU y México van articulando una política que podría no convenirle al resto de los países de la región.

    Parece que Venezuela no podrá salir de esta crisis por sus propios medios, y ahora el papel que México ha asumido frente a este caso es muy relevante y puede ser decisivo para encontrar una solución.

    Pero con Maduro y los suyos está claro que la solución no será pacífica ni por las buenas. Y es que, si bien en estos tiempos ha sido cada vez más difícil la aplicación de la Doctrina Estrada –con su principio de no intervención y su derecho de autodeterminación de los pueblos-, ahora frente a este contexto resulta imposible.

    Entre otras cosas porque estamos tratando con un régimen que sencillamente es incapaz de respetar sus propias reglas del juego, y cuando una regla no le conviene lo que hace es cambiarla, así como lo está intentando con la Asamblea Constituyente.

    @antonio_navalon

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